Se ha convertido, quizás por méritos propios, en el ídolo de la grada del Sánchez Pizjuán. Su jerarquía en el equipo pesa sobre el brazalete de capitán que porta partido tras partido. Jesús Navas (Los Palacios, 1985) fue uno de los estandartes del mejor Sevilla de su historia. El equipo estaba hecho a su medida: un claro 4-4-2 con dos delanteros en línea hábiles en el remate. Su verticalidad y velocidad en la banda derecha le hacían un jugador temible. Experto en el centro y el regate en carrera, Barcelona y Real Madrid llegaron incluso a preguntar por él. De hecho, fue considerado por muchos analistas como uno de los mejores mediocampistas por la derecha del mundo. Uno de los últimos eslabones de una hornada de grandísimos extremos europeos como Figo, Vicente o Joaquín.
Pero, durante este tiempo, el fútbol ha ido evolucionando vertiginosamente. Una evolución hacia el brillo del centro del campo. La acumulación de centrocampistas en detrimento de un delantero como método hacia el gol (incluso puede sonar contradictorio). Al Sevilla, por supuesto, le ha llegado su momento, pasando a jugar con un delantero-referencia en punta (Negredo) y un enganche o trescuartista de último pase (Rakitic, Trochowski), por detrás. Es la realidad del fútbol de posesión que se empieza a respirar en Europa. Jugar solo dos en el pivote implica tener perdida, antes de empezar, la batalla por el control del balón. Solamente hace falta observar al actual Manchester United (con su omnipresente 4-4-2) para darse cuenta de esta realidad: casi todos los equipos le acaban dominando. Esta nueva idea de juego impresa ya en los idearios de muchos entrenadores hace que el jugador deba evolucionar al mismo ritmo. La presión adelantada que muchos equipos comienzan a ejercer sobre campo rival obliga al extremo a dominar nuevos registros impensables hasta entonces: dominio de otras posiciones del campo, velocidad en el toque de posesión y, sobre todo, capacidad goleadora. La posesión se ha vuelto tan vital que el colgar balones laterales en búsqueda del delantero adelantado se ha convertido en un riesgo absolutamente innecesario.
Del Bosque, ya en sus inicios como seleccionador español, pretendió implantar la figura del extremo pegado a la cal como impronta personal. La misma filosofía de juego de su antecesor, Luis Aragonés, pero con la amplitud que aporta el extremo. Comenzó con Diego Capel y continuó con Albert Riera. Lo mismo pretende, en algunos momentos, con Jesús Navas, que sigue sin acoplarse al estilo de juego español. El extremo de antes ya no funciona ahora, desentona en el engranaje colectivo. Si no existe juego entre líneas, capacidad de asociación ni movilidad para llegar a posiciones de remate, el extremo de antes tenderá a desaparecer con el tiempo. Pero, mientras tanto, hasta que esto no ocurra, Navas continuará aportando algo que España no necesita: dribbling en carrera y centro al área.
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