Se presentaba el City, líder de la Premier, a Stamford Bridge con ganas de olvidar su miércoles maldito. El Chelsea, en cambio, con la moral por las nubes por su clasificación para octavos de la Champions pretendía tomar un poco de aire, por fin, en el campeonato doméstico (5º clasificado a 10 puntos de los citizens). El partido en su previa generaba expectativas realmente altas: por fin, "los ricos" frente a frente. Un duelo trepidante en su nombre pero, quizás, decepcionante en su ejecución a los largo de los 90 minutos.
Villas-Boas pronto mostró lo que sigue queriendo para su Chelsea: orden en las líneas y arreones continuos. Oriol Romeu, el canterano del Barcelona fichado por dos temporadas, parece entender a la perfección la filosofía del técnico portugués tratando de apoyar a sus centrales para dar salida de balón desde atrás. En esa faceta de ancla es, quizás, donde debe pulir su asignatura pendiente hasta el momento: tratar de dar un paso hacia delante para integrarse en el entramado del medio campo. Participar más en la construcción. Más aún observando los dos mediocentros, limitados en creatividad, a los que resguarda (Meireles y Ramires).
Trataba, por tanto, el Chelsea de dar un vuelco a esta Premier, que ya no es capaz de atrapar, cuando Agüero a los 5 minutos de juego daba un pase genial con el exterior a Balotelli, que con gran clase, regateaba a Cech y marcaba a placer. El italiano, héroe y muchas veces villano, retaba a la grada perdonándoles la vida. Ese gol (recordando, si cabe, al cosechado por Benzema el pasado sábado) dejaba a Mancinci en su territorio favorito con el marcador a favor: el contragolpe con transiciones cortas. Y en ese terreno, todos buscan el pase magistral de Silva, más apto para partidos de toque continuo. Los blues, por el contrario, sin un juego brillante en la primera parte (con un Mata más que desparecido) se encomendaba, a ratos, al talentoso Daniel Sturridge para tratar de hacer daño por banda. Y fue allí donde llegó el gol: desborde genial del inglés y remate sin oposición de Raul Meireles en el minuto 30. Un tanto merecido más por fe que por juego desplegado. Un Chelsea, que parece haber olvidado definitivamente la presión, y que prefiere moverse en el orden riguroso de sus líneas 4-3-3 o, por momentos, 5-2-3 (incorporando a Romeu como auténtico líbero) . Los citizens sin un Silva inspirado, fueron carne de equipo horizontal con un toque sin profundidad ninguna. Yaya Touré, esta vez como mediocentro, parece no funcionar en partidos cerrados.En esas se las daba ya la segunda mitad cuando Clichy se largaba a la ducha, por doble amonestación. Mancini, más obligado que inspirado por su ideario, sacaba su arsenal defensivo: Kun por Kolo Touré y, minutos más tarde, Silva por Nigel de Jong. El City quedaba ajustado, entonces, en un virtual: 4-4-1 con Balotelli solo en punta. Y poco más pudo hacer ya el italiano. Villas-Boas, que no hizo jugar a Torres ni un solo minuto, siguió con el mismo dibujo táctico de entonces. Y es que este Chelsea, si consiguió ganar el partido, fue más por su empuje y constancia que por su juego, que continuó siendo bastante pobre. Quizás se Ramires el jugador que escenifique de veras lo que este equipo londinense. El brasileño, jugador de ida y vuelta con escasa capacidad técnica y consolidado como interior derecha, representa la garra en este conjunto diseñado para luchar pero no para ganar una Premier, quimera inalcanzable. El título liguero es para los competitivos y los blues están aún lejos de ello.
Lampard, retirado ya de las grandes citas, transformó el penalty cometido minutos antes por Lescott, que olvidó que en el área, territorio de valientes, más vale jugar con todo tu ser menos con las manos. Un paradón que dio los tres puntos al Chelsea y que condena un poco más al City, incapaz de generar un juego devastador...millones de petrodólares después. Y es que al final "los nuevos ricos" tienen todo lo que quieren menos algo, que se hace con tiempo, paciencia y, sobre todo, talento: la verdadera competitividad.


